Hollywood no sabe soltar a sus criaturas más rentables, y Depredador es prueba viva de ello. Lo que comenzó en 1987 como un clásico de acción y ciencia ficción protagonizado por Arnold Schwarzenegger se ha transformado, casi cuatro décadas después, en una franquicia interminable. Con Predator: Badlands, séptima entrega de la saga —novena si se incluyen los crossovers con Alien—, el director Dan Trachtenberg regresa al universo que revitalizó con Predator: La Presa (2022), aunque esta vez sin lograr la misma chispa.
En teoría, Badlands debía representar un punto de inflexión: una historia contada desde el punto de vista de uno de los propios depredadores, con la promesa de explorar su código de honor y su brutal lógica de supervivencia. Sin embargo, el guion firmado por Patrick Aison y Brian Duffield opta por el camino más seguro. La película arranca con potencia —una cacería espectacular en un páramo postapocalíptico—, pero pronto se acomoda en una narrativa lineal, donde la acción sustituye al conflicto moral y la sangre reemplaza a la tensión.
Visualmente, el filme es impecable. Trachtenberg logra un entorno hostil y crepuscular que recuerda a los westerns más salvajes, con un diseño de producción sucio, árido y opresivo. Pero tras ese envoltorio atractivo, el relato carece de riesgo: todo parece medido para funcionar, no para sorprender. El montaje apuesta por un ritmo constante, casi frenético, que evita el aburrimiento, pero también impide que la historia respire o que los personajes evolucionen más allá de los clichés del género.

Aun así, hay aciertos. Elle Fanning, en un papel secundario pero luminoso, aporta frescura y humanidad a un conjunto dominado por el músculo y la violencia. Su presencia equilibra el tono y ofrece un respiro emocional entre tanta testosterona y metralla. También se agradece que Trachtenberg no caiga en el humor fácil ni en los guiños superficiales, manteniendo una sobriedad que honra, en parte, el espíritu del original.
Donde el filme tropieza es en la acción, paradójicamente su mayor reclamo. Las secuencias de combate —aunque coreografiadas con eficacia— carecen de ideas nuevas. No hay un momento icónico ni una escena que defina el conjunto; todo parece diseñado para impresionar sin dejar huella. Y esa falta de ambición se extiende al apartado dramático, donde las motivaciones del protagonista son tan genéricas como previsibles.

Lo más frustrante es la sensación de que Predator: Badlands podría haber sido mucho más. Con una premisa atractiva y un universo con tanto potencial, la película se queda a medio camino entre el blockbuster funcional y la oportunidad perdida. Apenas insinúa una conexión con la saga Alien —una estrategia comercial más que narrativa—, y termina siendo un capítulo de transición en lugar de una entrega memorable.
En definitiva, Predator: Badlands es puro entretenimiento: rápida, ruidosa y lo suficientemente intensa para pasar el rato. Pero quienes esperaban una evolución del mito, algo tan audaz como La Presa, encontrarán aquí una propuesta domesticada. Un depredador que ruge… pero sin morder. @mundiario




