Bella, la nueva película de Manuel H. Martín, inspirada libremente en la vida de la activista Ana Bella Estévez, llega a los cines con una propuesta inusual: tratar la violencia de género desde la animación. Una apuesta que ya la ha colocado entre las aspirantes a los Premios Forqué y que podría llevarla hasta los Goya.
Una historia dura contada desde la sutileza de la animación
Durante décadas, la animación ha sido la puerta de entrada emocional a temas complejos para millones de espectadores. Muerte, amistad, amor, pérdida: conceptos que generaciones enteras conocieron a través de Bambi, El rey león o Toy Story. En ese marco simbólico se inserta Bella, una película que utiliza el lenguaje animado no para suavizar la realidad, sino para abordarla con sensibilidad y sin caer en el morbo.
“Contarla en animación nos permitía trabajar desde la sutileza. A pesar de la dureza, encontramos un relato luminoso y esperanzador”, explica Manuel H. Martín, director del filme junto a Amparo Martínez Barco. El proyecto se inspira en la historia de Ana Bella Estévez, superviviente de violencia de género y una de las voces más reconocidas en España en la lucha contra este problema.
Michelle Jenner pone voz a la protagonista, aportando —como señala Martín— “fragilidad, dulzura y una fuerza silenciosa” que sostiene el arco emocional de la película.
Una trama que revela cómo opera el abuso
Bella narra el viaje de una joven de 18 años que sueña con estudiar medicina, pero cuya vida da un giro inesperado cuando se enamora de Ponce, un carismático artista callejero algo mayor que ella. El enamoramiento se convierte pronto en dependencia: la protagonista va alejándose de su padre, de sus amistades y de sus planes mientras su pareja despliega un patrón de manipulación emocional que roza la violencia física.
“Ella pierde su identidad y queda casi relegada a la voluntad del otro. Ponce es seductor, embaucador, monstruoso… pero con matices”, señala el director. Una decisión consciente para evitar estereotipos y mostrar cómo el abuso puede entrar de forma progresiva, sin dramatismos evidentes.
La película también aborda la depresión del padre de Bella con especial cuidado. Martín subraya que era esencial tratar la salud mental “con respeto, sin caricaturas, mostrando cómo el dolor no atendido puede generar cargas emocionales desproporcionadas en quienes acompañan”.
Una herramienta educativa para jóvenes y adultos
Aunque Bella no es un filme infantil, su estética animada permite un diálogo generacional más amplio. El equipo trabajó con guías pedagógicas para que la cinta pudiera ser utilizada en entornos educativos y en sesiones de prevención de violencia de género.
Su paso por Seminci confirmó su potencia: funcionó tanto para estudiantes como para público adulto. Y esa recepción temprana es la que ha impulsado su camino hacia la temporada de premios.
Camino a los Goya con un relato necesario
Con nominación confirmada en los Premios Forqué y una proyección creciente en festivales, Bella se perfila como una de las producciones españolas más relevantes del año dentro del cine social. Martín asegura que el reconocimiento es secundario: “Contar esta historia y que llegue a tantas personas ya es un premio”.
Pero el impacto está ahí: una película que demuestra que la animación sigue siendo un vehículo poderoso para hablar de lo que incomoda, para generar conversación y para tender puentes entre generaciones sobre una realidad que todavía atraviesa a miles de mujeres. @mundiario




