Tras analizar las apuestas más recientes del ranking (Predator: Badlands, Asesino de asesinos, Aliens vs. Predator 2 y Predators), nos situamos en 1990, una época en la que la saga buscaba reinventarse sin demasiado equilibrio. Abandonamos las profundidades del ranking para entrar en terreno pantanoso. Allí nos espera Predator 2, una secuela áspera y discutida que se queda con un peleado sexto puesto.
Lo siento mucho por aquellos que habéis salvado esta adaptación y que no estaréis en absoluto de acuerdo conmigo. Pero es lo que tiene mojarse en hacer una crítica, que te arriesgas a no compartir la opinión de muchos. ¿El problema principal de esta película? ¡Fácil! Es la que vino después de Predator y, por desgracia, las comparaciones son odiosas.
El cine, a veces, es como una mesa de póker donde la fortuna se la lleva quien sepa envidar a la grande. Y en 1990, después del asalto de adrenalina que supuso el Predator original en la jungla, la productora decidió (o se vio obligada más bien) que era hora de cambiar el naipe. Nos movimos del barro centroamericano al infierno de hormigón de Los Ángeles, en un futuro cercano y caótico. Nace así Predator 2, una secuela que es un desafío abierto al purismo y que, contra todo pronóstico, se alzó como un artefacto peculiar, polarizador y, sin duda, mal comprendido en su momento.
La primera traición, la que muchos puristas aún no perdonan, fue la ausencia del sargento Dutch, el mismo Arnold Schwarzenegger. En su lugar, el peso de la placa recae sobre el sargento Mike Harrigan, interpretado por Danny Glover. Seamos honestos: Glover no tiene el físico de un coloso alpino ni la presencia pétrea de un action hero de los ochenta. ¡Pero es ahí!, precisamente ahí, donde reside la clave de la película, encajando mejor en ese nuevo entorno urbano.
Stephen Hopkins, el director, tuvo la audacia (o la negligencia) de sacar al Yautja de su entorno natural, un movimiento que rompe esquemas. Ya no se trata de una cacería militar en el silencio verde; es una carnicería de guerrilla en un paisaje urbano asfixiante. Un Los Ángeles invadido por las pandillas, las olas de calor y la violencia callejera que lo convierte, en sí mismo, en el caldero perfecto para un cazador que busca el trofeo más formidable.
La película, vapuleada a menudo por su falta de sutileza dramática —una carencia notable si se la compara con la maestría de John McTiernan—, no busca la introspección, más bien busca la acción hiperbólica, la bala de plata disparada en medio de un tiroteo. La trama es trepidante y, sí, a veces burda, pero es un reflejo de su época: un cine que no pide permiso, sino que irrumpe con sirenas y explosiones.
Lo que sostiene a Predator 2 no son sus palabras, sino su escenario. La ciudad —estridente, desbordada, impredecible— se transforma en una nueva selva donde el Predator despliega su ritual de caza, desde los tejados hasta los túneles del metro. Al contraponer su tecnología letal al caos policial de ese 1997 distópico, la película deja caer una verdad incómoda: el cazador intergaláctico no trae la violencia, simplemente la amplifica en un entorno que ya ardía por dentro.
La mayoría la descarta por sus tropiezos narrativos y su acción irregular, lo cual es comprensible, pero incompleto. Lo relevante es que abrió un sendero que nadie había pisado antes dentro de la saga. Por primera vez se mostró la intimidad del cazador, donde se vislumbra el interior de la nave, el código de honor, e incluso la galería de trofeos que tanto cautivó a los fans (¡ese cráneo Xenomorfo!), y la primera insinuación de un universo más amplio.
Predator 2 es cine de serie B sin complejos, una película que no intenta maquillar su ferocidad y se lanza de cabeza al exceso. Incluso dentro de este marco, hasta Danny Glover funciona mejor que cualquier héroe de torso envidiable, donde su cansancio es creíble, su obstinación tiene peso, y su mirada deja ver que no se enfrenta a un ejército, sino a una pesadilla. El duelo no es épico: es íntimo. El depredador no irrumpe en la selva, sino en la ciudad, y Glover encarna esa batalla desigual entre un hombre solo y una criatura que caza por ciencia, no por rabia.
Puede que para muchos la acción resulte plana o que el gore devore el poco argumento disponible. Pero hay un rasgo que la vuelve… entretenida dentro de la saga: su capacidad para sembrar preguntas. Introduce ideas que después serían pilares del universo Predator y revela una verdad incómoda: el Yautja no pertenece a ningún paisaje. Se adapta, se mimetiza y caza con la misma eficacia en la jungla que en el corazón de una ciudad desbordada. @mundiario
Puntuación: 5 de 10
Puesto: 6.º



