El nombre de Adolfo Fernández es reconocido por millones de espectadores gracias a su presencia en series tan emblemáticas como Policías, en el corazón de la calle, Águila roja, El comisario, Hospital Central o Amar en tiempos revueltos. Su rostro formó parte de la consolidación de la ficción televisiva española de finales de los 90 y 2000, donde se ganó la fama de actor sólido, preciso y capaz de dotar de humanidad incluso a papeles breves.
Sin embargo, reducirlo a su carrera televisiva sería desconocer el verdadero corazón de su trayectoria: el teatro contemporáneo, terreno en el que se convirtió en uno de los impulsores más comprometidos de España.
Según publicó El País el actor falleció a los 67 años, dejando tras de sí una carrera marcada por la búsqueda constante de nuevos lenguajes escénicos y por su defensa activa de los autores actuales.
El teatro como militancia: su mayor legado
A lo largo de más de cuatro décadas de profesión, Adolfo Fernández se posicionó como un verdadero puente entre la literatura contemporánea y el escenario. Produjo, adaptó, promovió y protagonizó montajes de autores que, sin su impulso, tal vez no habrían encontrado su lugar en la cartelera española con la misma fuerza.
Uno de los hitos más reconocidos de su carrera fue la adaptación de En la orilla, la novela de Rafael Chirbes, convertida en obra teatral bajo su dirección y protagonismo. El montaje obtuvo el Premio Max —uno de los reconocimientos más prestigiosos del teatro español— por su audacia, rigor y potencia emocional. La crítica elogió la capacidad de Fernández para trasladar la crudeza de Chirbes al escenario manteniendo intacta su carga ética y social.
Además de Chirbes, Fernández apostó por dramaturgos contemporáneos nacionales e internacionales, defendiendo con firmeza que el teatro debía dialogar con el presente. Su labor, tanto sobre como detrás del escenario, convirtió su figura en un referente para nuevas generaciones de intérpretes, directores y productores.
Un creador que amplió los límites del oficio
Su carrera cinematográfica también dejó huella con apariciones en filmes de directores como Imanol Uribe, José Luis Cuerda o Fernando León de Aranoa. La versatilidad que mostraba en pantalla era la misma que lo caracterizaba en teatro: un intérprete de precisión técnica, voz profunda y una honestidad escénica que lo convertía en un actor de actores.
El escritor, docente y director Alberto Conejero ha recordado en numerosas ocasiones que Adolfo Fernández representaba “el tipo de artista que permite que un ecosistema cultural exista”. Sin llegar a ser un rostro mediático al estilo de la gran industria, su labor constante y silenciosa sostuvo proyectos, compañías, estrenos y generaciones completas de profesionales.
La muerte de Adolfo Fernández no solo supone la pérdida de un actor querido por el público televisivo, sino la desaparición de uno de los pilares discretos pero fundamentales del teatro español contemporáneo. Su empeño por dar voz a autores vivos, por producir espectáculos arriesgados y por dignificar la escena como espacio de pensamiento lo sitúa dentro de una tradición de actores-creadores cuyo impacto perdura más allá de su presencia física.
El aplauso que hoy se escucha en redes, en salas y entre colegas de profesión no es solo por la nostalgia, sino por lo que construyó: un teatro más valiente, más literario y más comprometido. @mundiario




