El director australiano Peter Weir es el autor de un puñado de muy buenas películas (El show de Truman, Picnic in hanging rock, Único testigo, El club de los poetas muertos) que tienen una característica común y es la de desarrollar un excelente ritmo, un argumento que atrapa a un gran número de espectadores, mientras, por otro lado, aporta elementos que inducen a lo poético, a la reflexión, a la mostración de mundos diferentes al que estamos acostumbrados. Es este un equilibrio no muy común, el de las películas que pueden gustar a un público extenso y poseer a la vez una honda sustanciación.
El año que vivimos peligrosamente (1982) cumple, de sobra, con estas estas cualidades. Para empezar, nos traslada a un país exótico como lo es Indonesia, y a un año, 1965, en el que estalla la tensión política de forma dramática. Por otra parte, asistimos al infaltable romance, una accidentada relación entre unos jóvenes Guy Hamilton (Mel Gibson) y Jill (Sigourney Weaver), un periodista australiano y una agregada de la embajada británica. Pero el mayor acierto de esta película es sin duda el gran personaje de Billy Kwan, interpretado por la actriz Linda Hunt que obtuvo un Óscar por su gran trabajo.
A Guy Hamilton lo envían a Yakarta en ese tiempo convulso que está viviendo Indonesia. Allí se encuentra con unos colegas no precisamente admirables. Son hombres que tratan de divertirse desde su posición privilegiada, insensibilizados ante la pobreza que padecen los lugareños. Son imbéciles a los que se tendrá que enfrentar, para no dejar impune su desfachatez. Pero la relación más importante que tendrá −aparte de la amorosa con Jill− será la de ese hombre bajito, casi enano, hijo de una australiana y un chino, un ser singular, poseedor de una mirada muy superior a la de sus colegas periodistas, y que enseguida buscará la amistad de ese recién llegado. Será como si se hubiera enamorado de su personalidad. “Podrías ser tú todavía el amigo desconocido”, escribe en esas hojas que acumula y que son como un diario al que tenemos acceso a través de la su voz en off.
Uno de los méritos de la película −y uno de los placeres al verla− es la inclusión del elemento de una convencida honestidad en unos personajes principales que, por otra parte, muestran algunos rasgos de debilidad, algunas acciones contradictorias. Así Billy Kwan es un hombre sensible, que sufre por la injusticia que padece la sociedad que lo rodea, por su pobreza tan difícilmente reversible. Es un hombre solidario, espiritual, que vive agarrado a una frase del Evangelio de San Lucas: “Y la gente le preguntaba: Y, entonces, ¿qué debemos hacer?”. Tolstói escribió un libro con ese título, indignado por la pobreza que veía. “En mi opinión, uno no debe pensar en los problemas de forma global, debe hacer lo que pueda para aliviar las pequeñas miserias que se le presentan cotidianamente”, afirma Billy. Y es lo que hace. Apadrina a un niño que vive en uno de los barrios más pobres. Así cumple con un deber irrenunciable y profundo.
Billy es un personaje curioso a los ojos de Guy: “Lo invisible nos rodea, sobre todo aquí, en Java. Yo oigo a un espíritu por la noches”. Cada ser que le importa se convierte en un personaje de la novela de su vida que está escribiendo a partir de la documentación que guarda en sus archivadores, bajo las paredes empapeladas con sus retratos. Entre esas carpetas, Guy descubrirá la suya y sospechará de él como un espía. Le costará entender esa afición a observar e intentar comprender a la gente: “Personas que se convertirán en otras personas, que envejecerán, que traicionarán sus sueños, que se convertirán en fantasmas”.
Es Billy quien inicia una narración muy literaria, que oímos en off, y que describe el fruto de sus observaciones, de esa forma de tener controlados a sus conocidos, no con malas intenciones, no como espía, sino como atención a los seres humanos que le importan. “Barajo como naipes las vidas que toco. Sus caras se quedan mirándome fijamente”. Fue colaborador del antecesor de Guy, pero con él no hizo buenas migas. Billy es un hombre que, como él dice, puede permitirse el lujo de ser sabio porque no va a ser envidiado: “Es la ventaja de ser un enano”. Se convierte en espectador del idilio entre su amigo Guy y la hermosa Jill, a la que pretendió sin éxito. Los sigue en secreto, los fotografía.
Esta película hace hincapié en la injusticia de nuestro mundo tan desequilibrado. Nos muestra el obsceno disfrute del lujo por parte de los occidentales, mientras, a pocos metros, la vida transcurre dolorosa para millones de personas. Billy Kwan había creído en el presidente Sukarno, pero ahora ya no: “¿Por qué no decís la verdad, que Sukarno lanza discursos vacíos y, mientras, su pueblo se muere de hambre, y que ha sugerido que la gente coma ratas?”, les espeta a los periodistas. De los occidentales, en diversos momentos, se denuncia su insensibilidad. Uno de ellos, fotógrafo como Billy, muestra sonriente una fotografía de una mujer desnuda entre los escombros: “La belleza entre la miseria”, dice. Otro se ríe de un enano que dice haber “comprado” para Guy. Este, una vez más, se revela contra esa crueldad. Cuando Guy empieza a denunciar la pobreza, sensibilizado por Billy, el coronel británico lo llama exagerado.
La situación política es muy complicada. Hay un equilibrio precario entre los comunistas y los militares musulmanes de la derecha, pero pronto se romperá. Serán los comunistas de PKI quienes iniciarán la revuelta, pero serán aplastados. Kumar, uno de los ayudantes de Guy, es un hombre leal, íntegro. Luego se descubrirá que es el del PKI. Cuando el conflicto estalla, avisa a Guy de que, entre los suyos, figura como sentenciado. Odian a los occidentales. Cuando todo está perdido, tiene una conversación con su “jefe”. “¿Soy un hombre tonto?”. “No”, le responde Guy. “Entonces, ¿por qué he de vivir como un pobre toda mi vida mientras vosotros vivís tan bien?” Guy no tiene respuesta. “Pues, ¿por qué rechaza a los de mi país que intentan hacer algo para arreglar eso?”. La conclusión de Kumar es: “A los occidentales ya no les quedan respuestas”. Y, al final, cuando se despide para siempre de Guy, este es su pronóstico o su deseo: “Nosotros venceremos, porque creemos en algo”.
Antes, Billy siente la traición de Guy. Este ha publicado como noticia una confidencia de Jill, la de que los comunistas se estaban armando. La reacción de Billy es muy intensa: “Yo te la di y ahora te la quito. Yo creía en ti, por eso te conseguí esos reportajes. Te hice sentir más sobre lo que escribías. Te di mi confianza. Te he dado mi vida”. Ante estas palabras, Guy queda confuso. ¿Ante quién está? ¿Ante un loco, ante un santo?
Cuando al final de la película muere el niño, Billy se desespera. Se retira a su bungalow y ahí presenciamos una de las mejores escenas. Solo, derrotado, se hunde en su llanto. Alza la vista para mirar las fotografías de las paredes, y ve una vez más esas doloridas miradas, y, entre ellas, la de ese niño, la tristeza de haber caído en una vida adversa, sus ojos mirando asustados, perplejos, perdido en esa vida a la que ha sido injustamente asignado. Suena una de las últimas canciones de Richard Strauss. “¿Qué deberíamos hacer?”, repite. Todo se derrumba para él: Guy, que lo ha decepcionado; el niño muerto, Sukarno, la próxima guerra civil.
Billy Kwan morirá de un asesinato equivocado. O no tanto. Los soldados ven colgada de la ventana del hotel una pancarta que reza: “Sukarno, alimenta a tu pueblo”. La podría haber puesto él, pero no ha sido así. Suben hasta su habitación y lo lanzan por la ventana. En el suelo, ante la mirada de Guy, muere con un conato de sonrisa en sus ojos.
El único pero de la película sería el final feliz un tanto forzado, el que une a la pareja de enamorados rumbo a su salvación fuera del país. Antes, Jill ha perdonado a Guy por la revelación pública de su confidencia: “Eres periodista y te lo dije sin coacción”. Peter Weir rueda ese reencuentro peliculero en la escalerilla del avión con una toma lejana, como si se avergonzara de esa escena. Pero antes ha demostrado su capacidad para armar una película en la que no hay ningún momento anodino, en la que prevalece la acción, pero también la crítica social, la honda humanidad de sus personajes principales. @mundiario




