Estrenada en 1997, ‘The Game’ supuso la confirmación definitiva de David Fincher como el nuevo arquitecto del suspense moderno tras el éxito masivo de Seven. En esta ocasión, el director abandonó los callejones lluviosos de los asesinos en serie para adentrarse en los lujosos e impersonales despachos de San Francisco. La película presenta a Nicholas Van Orton (Michael Douglas), un banquero de inversiones multimillonario, frío y solitario, cuya vida da un vuelco cuando su hermano Conrad (Sean Penn) le regala por su cumpleaños un pase para un extraño servicio de entretenimiento proporcionado por una empresa llamada Consumer Recreation Services (CRS).
Lo que comienza como un juego diseñado para «hacer la vida interesante» pronto se transforma en una pesadilla logística que desmantela, paso a paso, la fortuna y la cordura del protagonista. La genialidad de la cinta reside en su capacidad para manipular no solo al personaje, sino también al espectador. Fincher utiliza una puesta en escena meticulosa y una fotografía sombría para crear un entorno donde cualquier detalle cotidiano un payaso de peluche, una camarera torpe o una llamada telefónica puede ser parte de una conspiración global o simplemente una coincidencia.
La anatomía de la paranoia en la era analógica
A diferencia de los thrillers tecnológicos actuales, ‘The Game’ se apoya en una paranoia física y analógica que resulta refrescante en este 2026. El diseño de producción captura una ciudad de San Francisco gótica y amenazante, donde Van Orton pierde el control de su propia identidad. El guion está estructurado como un reloj suizo, llevando la tensión hasta un clímax que, incluso años después de su estreno, sigue siendo objeto de debate en los foros de cine por su audacia y su capacidad para cerrar un círculo narrativo casi imposible que desafía toda lógica establecida.
En España, la película fue recibida con entusiasmo, consolidando la figura de Michael Douglas como el rostro de la élite en crisis y elevando a Fincher al estatus de director de culto. Aunque en su momento algunos críticos cuestionaron la verosimilitud de sus giros finales, el tiempo ha dado la razón a su director: la película no trata sobre la pura lógica, sino sobre el renacimiento espiritual de un hombre que necesita perderlo todo para volver a sentir. Hoy, ‘The Game’ es recordada como una lección magistral de ritmo cinematográfico, una obra que nos recuerda que, a veces, la única forma de escapar de nuestra propia jaula de oro es aceptar que no tenemos el control.

