A mediados de la década de los 2000, el cine juvenil encontró en ‘Alice: Una chica al revés’ una propuesta que se alejaba de la extravagancia de otras producciones de la época para centrarse en la honestidad emocional. La película adapta el universo literario de Phyllis Reynolds Naylor, presentándonos a Alice McKinley (Alyson Stoner), una niña de once años que debe enfrentarse al triple reto de mudarse a una nueva ciudad, iniciar la secundaria y crecer en un hogar sin una figura materna.

El filme destaca por la frescura de Stoner, quien en aquel momento era una de las estrellas infantiles más prometedoras tras su paso por Disney. Sin embargo, la cinta gana profundidad gracias a la relación de Alice con su padre, interpretado por el añorado Luke Perry. Perry aporta una ternura y paciencia que anclan la película en la realidad, mostrando los miedos y alegrías de un padre viudo que intenta conectar con su hija en plena explosión hormonal.
Identidad y crecimiento en la pantalla
A diferencia de otras comedias de instituto, la cinta no teme abordar la incomodidad de los primeros amores, las amistades complejas y el autodescubrimiento. La participación de Lucas Grabeel, en pleno auge por High School Musical, añadió un atractivo comercial que ayudó a la película a encontrar su público en el mercado televisivo español a través de canales temáticos.
Hoy en día, la película es recordada con nostalgia como un relato amable y necesario. Su mensaje sobre la importancia de ser uno mismo, a pesar de que el mundo parezca estar «del revés», sigue resonando. Es una obra que reivindica la resiliencia infantil frente a los grandes cambios de la vida, consolidándose como un pequeño tesoro del cine familiar que huye de los clichés más superficiales.

