Christophe Gans sabe mejor que nadie que Silent Hill despierta pasiones extremas. El cineasta francés, responsable de la primera adaptación cinematográfica del videojuego en 2006, recuerda que aquella película fue duramente criticada en su estreno, pero con el paso del tiempo terminó convirtiéndose en una obra reivindicada por una nueva generación de espectadores.
“Hoy muchos periodistas me dicen que la vieron cuando eran adolescentes y que les marcó”, explica Gans. Para el director, ese reconocimiento tardío es la verdadera prueba de fuego para cualquier película: sobrevivir al olvido y generar entusiasmo años después de su estreno.
Dos décadas más tarde, Gans regresa a ese universo con Return to Silent Hill, tercera entrega de la franquicia cinematográfica, que llegó a los cines esta semana. La película se inspira en Silent Hill 2, uno de los títulos más celebrados de la saga, y sigue a James, interpretado por Jeremy Irvine, un hombre que vuelve al inquietante pueblo tras un evento apocalíptico con la esperanza de reencontrarse con Mary (Hannah Emily Anderson), mientras criaturas mortales deambulan entre las ruinas.
Un reto de 23 millones de dólares
El director admite que adaptar un videojuego considerado de culto no es tarea sencilla. “Los fans son extremadamente apasionados. En la primera película llegué a recibir amenazas de muerte”, confiesa Gans, quien asegura que esa presión se tradujo en una enorme responsabilidad creativa. Al mismo tiempo, subraya que su objetivo siempre fue construir una historia capaz de atrapar también a quienes no conocen el material original.
A esa dificultad se sumó el desafío presupuestal. Return to Silent Hill se rodó con 23 millones de dólares, una cifra modesta para la escala del proyecto. El cineasta detalla que el rodaje se extendió durante 50 días y requirió 67 sets distintos, lo que obligó a una preparación minuciosa. “Pasé un año diseñándolo todo: storyboards, arte conceptual y cada detalle visual. Llegué al rodaje con una planificación absoluta”, afirma. @mundiario


