Desde Los 400 golpes hasta The Florida Project, el cine ha encontrado siempre un imán fascinante en la infancia. El director francés Bruno Dumont, antiguo profesor de filosofía que irrumpió en el panorama cinematográfico hace casi tres décadas con La vida de Jesús, regresa a ese naturalismo crudo y radical en Red Rocks. Tras sus recientes incursiones en la sátira mediática con France y en la parodia de ciencia ficción con The Empire, Dumont rebaja la escala de su producción para adentrarse en la Quincena de Cineastas de Cannes con un híbrido cuasi-documental protagonizado por niños de entre cinco y siete años en un indómito paisaje costero.
Un cruce entre el naturalismo y el mito de Romeo y Julieta
La trama de Red Rocks sigue a un pequeño grupo liderado por el inquieto Géo (Kaylon Lancel), cuyas jornadas transcurren escalando formaciones rocosas y lanzándose de forma temeraria al océano. Su rutina da un vuelco al cruzarse con otra banda infantil, donde se encuentra Eva (Kelsie Verdeilles). A través de una reinterpretación preverbal y minimalista del mito de Romeo y Julieta, Dumont utiliza planos estáticos y secuencias carentes de diálogo para despojar a la infancia de cualquier atisbo de inocencia idílica. Para el realizador, la niñez es un territorio fronterizo donde los códigos y violencias del mundo adulto se ensayan sin comprender realmente lo que está en juego.
La frontera entre la libertad y la temeridad visual
El director de fotografía Carlos Alfonso Corral alterna de manera formidable primeros planos expresivos con encuadres extremadamente abiertos del accidentado litoral mediterráneo, transformando el entorno en un parque infantil de fantasía que evoca una atmósfera casi alucinógena. Dumont reconoció tras la proyección haber trasladado gran parte del rodaje a Italia para sortear las estrictas normativas francesas sobre el trabajo con menores en escenas de riesgo. Esta decisión dota a la cinta de una energía salvaje y vulnerable, consolidando a Red Rocks como un retrato tan hilarante como inquietante que vuelve a situar al autor en la personalísima frontera entre lo sublime y lo absurdo.
