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A salto de mata, de Carlos Escolano: cine, diarios y poesía

A salto de mata (2026) es el homenaje cinematográfico, el ejercicio de gratitud, que ha hecho Carlos Escolano a la lectura del libro homónimo de José Luis Zerón Huguet, editado por Frutos del Tiempo en 2023. No era nada fácil trasladar a la pantalla los diarios del autor, un libro de esas características, en el que no hay ficción, ni relato −salvo el de alguna pequeña anécdota− que pudiera dar lugar a un argumento que sostuviese su metraje desde cierta convención. Pero Escolano, en lo fundamental, lo ha conseguido. Desde una actitud genuinamente creativa, exploratoria, ha sabido captar el espíritu del libro −que es el del poeta−, y ha ideado su película sobre una columna vertebral constituida por la descripción de la errancia del autor por numerosos y variados parajes de la Vega Baja, esos territorios afines a su aliento poético, y con la introducción de un elemento alegórico, de un enigma particular que remite al misterio existencial, que es otra de las constantes de su obra.  

En la poesía del autor oriolano, y en sus diarios, encontramos numerosas referencias en torno al tema de los paisajes y las caminatas. Hacia el final de la película, con la pantalla en negro, recita uno de los poemas de su libro Ante el umbral.  En él nos habla de “tránsitos y derivas”, de “páramos de la impaciencia”. Se identifica como “el peregrino… el viajero escoltado por las fuerzas del lenguaje, en el camino hacia ninguna parte, obligado a borrar todas las sendas…”. Y después: “Avanzo, ¿hacia qué lugar?… Seguiré adelante con la esperanza de los náufragos, en busca de un paisaje que desconozco…”.

Bastaría este poema en prosa para encontrar una fuerte correlación entre las imágenes y las palabras, especialmente en ese aspecto de la itinerancia simbólica. Y es que aquí el poeta camina casi sin pausa, pisando presuroso la tierra y los asfaltos. Sus pasos ligeros tramitan una exploración previa, avanzan urgidos por lo que parece un indescifrable mandato, por una creencia tan oscura como intensa. Atraviesa campos, ruinas, palmerales, los rescoldos humeantes de un bosque, las torres de la luz, las grúas de las construcciones, las ruinas, los matorrales, la aridez y el agua, un invernadero, la rugosidad de un árbol anciano sobre el que avanzan, acariciadoras, dos manos que se buscan.  

Todos esos lugares remiten a la intemperie de la que tanto ha hablado el poeta oriolano en sus versos, y cuya belleza no siempre es asimilable a lo bonito, sino que a menudo se impregna de la dura lucha con un mundo desordenado: “Un poeta que no afirma la pluralidad de la realidad, que la desprecia en vez de exaltarla, que ignora los mágicos y perturbadores potenciales de lo real, y niega el mundo diverso y poliédrico en el que vivimos, es porque su pensamiento poético está fosilizado. La poesía amplía nuestra visión de la realidad y nuestra experiencia estética y vital”. Y es que, como se dice en otro lugar: “La belleza está llena de abismos”.

La mirada de esa figura andante apenas repara en la exterioridad. Es como si ya la llevara dentro. El poeta solo se detiene cuando lo vence el cansancio, o si algo de lo que transcurre en los márgenes de su camino implica un aviso que no puede pasarse por alto, como el de esos grafitis que señalan frases luminosas que ignorará el mundo durmiente. Presenciamos ese discurrir de quien parece haber caído en un estado de sonambulismo, o bien es una especie de ángel −al modo de los de Cielo sobre Berlín, de Wenders− que observa el mundo, en su caso ya no tal vez desde sí mismo sino desde el interior de sus poemas y diarios. Es un ser invisible para todos, menos para ese otro ser que lo acompaña, ese hombre que él no puede ver, ese alter ego que lo escolta y, en los enclaves cruciales, lee, para un mundo ausente, ese libro de los diarios, como si pusiera la voz a un oráculo; un hombre que, al comienzo de la película, le ha cedido la cazadora al poeta, lo ha investido de una señal que lo hará visible, que le permitirá seguirlo, ser su voz, pronunciar su alma.

Y es que, como decía antes, la película recoge ese otro pilar de la poesía de Zerón: “Yo no concibo la poesía sin enigma, es decir, sin curiosidad, sin vértigo, sin ímpetu”. Porque, además de ese deambular por unos sugestivos territorios, A salto de mata incorpora ese misterio tan presente en sus poemas: “El poeta va hacia lo desconocido. ¿Cómo vivir sin un enigma delante? Suscribo plenamente este aforismo de René Char, que resume su fascinación por la poesía. No puedo concebir la creación poética, tampoco mi vida, si no es desde una confrontación con lo desconocido, que no es otra cosa que el horizonte inalcanzable donde se forja mi destino, lo invisible que a veces se deja ver como un pequeño milagro cotidiano que cuestiona el principio mismo de todo acontecimiento…”. 

No sabemos muy bien qué representa esa figura que camina y camina movida por un impulso secreto. Estamos ante un alma que comparece en el mundo diverso, que presencia sus signos y escucha muy adentro las canciones dolorosas, el clarinete que emerge sobre el agua propugnando una levedad. Un alma llevada por unos pasos obstinados. La cámara espera paciente a esa figura que avanza entre las sirenas de fondo, entre el ruido del motor de los coches o el canto de los pájaros.

Las únicas voces humanas que oímos −además de la de ese alter ego lector, o la del poeta que, casi siempre en off, recita sus propios versos−, son muy cercanas y concretas: la de su hija cuando canta rodeada de una construcción que me sugiere el esqueleto de un leviatán gigantesco, hecho de maderas mareantes; o la de su hijo, cuando lo llama a una sobreviviente cabina de teléfono para enviarle un mensaje, en el que rememora un momento de intimidad común que ha encontrado en el diario, o reflexiona sobre los cambios que perpetra el tiempo y las amenazas de una actualidad terrible; y le habla de ese cálido refugio de la íntima conversación, de la que aún se pueden extraer hilos de luz a partir del reconocimiento de los verídicos destellos de una realidad acorralada. Por otro lado, la esposa, que no emite palabras, pero que lo acompaña apuntalando sus versos, como una presencia que ama y se deja amar.

Tras los paisajes desolados, raídos por la persistencia del abandono −o, más allá de aquellos otros, celosos de su belleza−, esa alma entra en la ciudad nocturna, en sus calles desiertas, porque en ese plano de la realidad que transita el poeta casi nunca hay nadie, tan solo quienes pueden ofrecer una decisiva significancia. Finalmente, ese recorrido misterioso alcanza una playa, un mar que es límite, final de trayecto. Cuando gira sobre sus pasos, se detiene y mira. Y es como si nos buscara a nosotros, a los espectadores que, intrigados, seducidos, lo estamos contemplando. 

Me parece muy acertada la selección de la música, de la que destacaría las improvisaciones al salterio de Begoña Olvide. Fundamental, la elección de las pertinentes localizaciones. Y solo le achacaría a la película alguna redundancia o la inclusión de algunos pocos momentos en los que se interrumpe la coherencia de la tan acertada propuesta general, y que, en mi opinión, brevemente contradicen algunas de las felices ideas que antes he resaltado. Con A salto de mata, Carlos Escolano ha logrado hacer la película poética que el punto de partida exigía, a través de unas imágenes, de unas voces, y de una música, que acompañan el misterio de unos recorridos que logran ilustrar fielmente el espíritu de la obra de José Luis Zerón Huguet. @mundiario