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Adiós definitivo a una era del cine europeo: primero se fue C.C. y ahora se va B.B.

Primero se fue C.C. y ahora se va B.B. Dos iniciales bastaban para nombrarlas, como si el cine europeo hubiera decidido, hace décadas, que no hacía falta decir nada más. Claudia Cardinale y Brigitte Bardot no fueron solo actrices célebres: fueron abreviaturas culturales, signos reconocibles, atajos simbólicos hacia un tiempo en el que el cine todavía ordenaba el imaginario colectivo.

La desaparición casi consecutiva de ambas no es solo una coincidencia biográfica. Es el cierre de una época. Con Cardinale se fue una de las últimas grandes leyendas del cine italiano clásico; con Bardot, el mito femenino más influyente –y más contradictorio– de la Europa de posguerra. Dos trayectorias radicalmente distintas, unidas por algo esencial: ambas representaron una mutación profunda del cine y de la sociedad que lo rodeaba.

Claudia Cardinale fue, ante todo, cine. Cine en mayúsculas. Musa sin impostura de Leone, Visconti o Fellini, su carrera se construyó desde la densidad artística y la elegancia interpretativa. Estuvo en 8½, en El gatopardo, en Rocco y sus hermanos, en Hasta que llegó su hora. No como adorno, sino como centro de gravedad. Cardinale encarnó una modernidad serena: fuerte sin estridencias, sensual sin provocación, popular sin dejar de ser sofisticada. Incluso cuando triunfó en Hollywood o participó en grandes producciones internacionales, nunca dejó de parecer una actriz europea en el sentido más noble del término.

Brigitte Bardot fue otra cosa. Bardot fue un terremoto. Un fenómeno que desbordó el cine hasta convertirlo en un simple soporte de su imagen. Rodó cerca de medio centenar de películas, pero su mito aplastó cualquier tentativa de medirla solo como intérprete. El icono devoró a la actriz, y ella lo supo pronto: se retiró del cine en 1973, cuando todavía era joven, como si hubiera comprendido antes que nadie que el personaje ya no le pertenecía.

Bardot fue la bisagra entre dos Francias. La que aún cargaba con los silencios de la guerra y la que empezaba a desear sin pedir permiso. Su imagen –el pañuelo en la cabeza, la cinta negra, los cuadros vichy– condensó un deseo reprimido durante décadas. Fue símbolo de emancipación femenina y, al mismo tiempo, objeto de consumo masivo. Feminista a su pesar, como la definió Simone de Beauvoir, Bardot habló a las mujeres sin discursos ni consignas, solo con la naturalidad de quien se apropiaba de su cuerpo y de su libertad. “La locomotora de la historia de las mujeres”, escribió la autora de El segundo sexo, aun sabiendo que la propia Bardot nunca quiso cargar con esa bandera.

Su figura fascinó a filósofos, cineastas e intelectuales –Barthes, Godard–, pero también alimentó la prensa del corazón y el chismorreo aspiracional de una Europa que estrenaba modernidad. Bardot fue naturaleza e industria, rebeldía y mercancía, emancipación y cliché. Mucho antes de su deriva política y de su militancia radical por los derechos de los animales, fue el síntoma perfecto de un país en transformación, de una mujer que salía del segundo plano social incluso cuando el precio era convertirse en espectáculo permanente.

Cardinale y Bardot representan dos formas opuestas de habitar el estrellato. Una, desde la solidez artística y la continuidad; la otra, desde la explosión simbólica y la renuncia. Ambas, sin embargo, pertenecen a un tiempo irrepetible: el de un cine que fabricaba mitos duraderos, no perfiles efímeros. El de una cultura que aceptaba la ambigüedad y la contradicción como parte del encanto.

Primero se fue C.C. y ahora se va B.B. Con ellas no solo desaparecen dos nombres propios. Se apaga también una manera de mirar el cine y de entender la feminidad, el deseo y la fama. El siglo XXI seguirá produciendo estrellas, pero difícilmente volverá a producir abreviaturas. @mundiario