¡Continuamos con el ranking definitivo de la saga! Después del tercer puesto (de nueve) de Predator: Badlands (2025), muchos se preguntarán lo siguiente: ¿que por qué pongo en los 2 últimos lugares otras películas y no esta? Muy sencillo, en esta, al menos, aparecen los dos bichos, pero pocos argumentos más se pueden dar la verdad.
Olvídese del guion. Lo que tienen ante sus ojos no es cine de autor, sino el resultado de un cheque en blanco para el caos. Un espectáculo brutal que exige ser visto sin gafas de crítico. Hablamos de Aliens vs. Predator 2 (2007), rebautizada con el pomposo subtítulo de Requiem, que, lejos de evocar música celestial, más bien suena a misa de difuntos para el buen gusto.
Pero ahí está el truco, el anzuelo. ¿Quién dijo que el cine de monstruos ha de ser pulcro y filosófico? Los hermanos Strause, artífices de esta carnicería, sabían a lo que jugaban. Vienen de la trinchera de los efectos especiales, del barro de la artesanía digital, y solo pusieron una condición para sentarse en la silla del director: sangre, acción y el glorioso gore. Y por Alá que cumplieron.
La película es un golpe de timón brutal respecto a la pulcritud de su antecesora. Aquí no hay pirámides ni templos ocultos. Aquí hay un pueblo americano, gente de a pie, que se topa de bruces con la fiesta salvaje de dos de las criaturas más letales del cosmos. Y sí, es cierto: el Yautja es humillado al reducir su coto de caza a una matanza unilateral contra víctimas que apenas tienen entrenamiento, rebajando el duelo épico a una simple carnicería fácil. La batalla se devalúa. Se esfuma la tensión del duelo de titanes, donde solo el ingenio militar y la munición de alto calibre permitían al humano plantarle cara al invasor. Es una pena, es una traición a la esencia, pero a cambio…
Un banquete de vísceras en la tiniebla
El espectador recibe lo que se le prometió en la letra pequeña de la calificación R: una dosis de brutalidad descarnada. La película es una orgía de violencia creativa. El Predalien, esa quimera biológica, opera como una máquina de matar descontrolada, sembrando el caos y engendrando nuevas amenazas sin hacer concesiones. La película solo obedece a una lógica oscura: la autodeterminación por medio de la carnicería, donde el caos es la única coartada. El objetivo de los Strause no fue la narrativa memorable, sino garantizar que la lente de la cámara quedara salpicada de vísceras.
Y aquí es donde la crítica de la época erró el tiro. Es innegable que el guion es un desastre, que los personajes son desechables y que la trama tiene la consistencia de una promesa electoral. Pero el gran fallo de ejecución fue estético: la penumbra. La tétrica falta de luz, aunque buscaba un ambiente macabro, solo consiguió un caos visual que desorientó por completo la mirada del espectador. Querían un ambiente macabro, y lo consiguieron hasta el punto de la autodestrucción comercial. Una lástima para el formato doméstico, siendo el reflejo de una visión firme. Querían que sintieras la batalla en el corazón del caos, donde la luz no existe.
Lo que no tiene perdón es la cobardía del desenlace. La intención original, el golpe nuclear que borraba la esperanza del mapa, fue vetada por ser ‘demasiado triste’ y los productores impusieron un remiendo de esperanza que deshonra la sangre derramada.
Al final, Requiem es una anomalía. No es una gran película, sino el testamento de una ambición desmedida que, con el paso del tiempo, se ha convertido posiblemente en la adaptación más fiel y violenta de un cómic. Si la ambición es mínima, si solo se busca el placer culpable de ver a los monstruos como tienen una guerra de almohadas (pero sin almohadas) en la penumbra, es la entrega de sangre y furia que el público exigía, filmada con tal oscuridad que parece que la factura a Iberdrola se quedó a cero.
Advertencia a navegantes: la cinta cobra un peaje narrativo muy alto. Sin embargo, su rareza y la insolencia con la que reparte metralla y vísceras, la hacen merecedora de un trago en el oscuro arte del cine trash. @mundiario
Puntuación: 4,8 de 10
Puesto: 7º.


