El cineasta sueco Nathan Grossman regresa a la primera línea con ‘Amazomanía’, una de las piezas más ambiciosas del festival CPH:DOX en este 2026. La cinta no es solo una crónica de viaje, sino un ejercicio de autocrítica sobre la persistente mirada colonial de Occidente hacia los pueblos indígenas. Grossman recupera un metraje inédito de 1996 rodado por el periodista Erling Söderström durante una misión para contactar con los Korubo, una de las últimas tribus aisladas de Brasil, sometiendo aquel supuesto hito periodístico a un necesario juicio moral.
El choque de perspectivas treinta años después
La verdadera fuerza de ‘Amazomanía’ reside en su segunda mitad, cuando Grossman acompaña a un envejecido Söderström de vuelta a la selva. El contraste es devastador: el orgullo del periodista, que atesora objetos indígenas como trofeos, choca frontalmente con la versión de los propios Korubo sobre aquel primer encuentro. Al dar voz a la comunidad indígena, la película desmonta la narrativa del «héroe civilizador» y pone al público en una posición de profunda incomodidad, obligándole a cuestionar su propio privilegio y la ética del consumo de estas historias en un mundo globalizado.
Un debate abierto sobre la propiedad cultural
El filme no busca ofrecer respuestas fáciles ni un cierre reconfortante. Termina sumergido en una tensa discusión sobre los derechos de representación y la propiedad de la imagen. Aunque la crítica señala que el documental sigue estando atrapado en una perspectiva occidental hecho por blancos para un público mayoritariamente blanco, su mérito reside en reconocer sus propios límites. Es una obra que refleja una realidad donde las reparaciones históricas siguen siendo un argumento intelectual lejos de la realidad, dejando en el aire una pregunta urgente: ¿quién posee realmente la historia de los oprimidos?
