Desde la primera escucha, la partitura de Calleja revela un pensamiento musical profundamente estructurado. Su escritura se basa en un uso meticuloso del motivo y la célula sonora, elementos breves y recurrentes que funcionan como puntos de anclaje emocional. Lejos de recurrir a temas melodramáticos tradicionales, Calleja explora un lenguaje textural donde el timbre y el espacio acústico —más que la melodía en sentido clásico— guían la percepción del espectador. Esta elección no es casual: responde a un diseño narrativo que privilegia la intimidad psicológica de los personajes y una escucha activa por parte de quien ve la película.
Técnicamente, la compositora emplea una instrumentación reducida pero estratégica: el piano en registros medios, cuerdas que oscilan entre el legato y fragmentos puntuales, y tratamientos sutiles de texturas electroacústicas. Esta paleta sonora, lejos de ser minimalista por austeridad, se convierte en un recurso expresivo que modula emociones con precisión. El silencio mismo se usa como elemento rítmico, creando pausas que prolongan la tensión dramática sin estridencias.
La nominación al Goya representa un paso importante no solo para Calleja como creadora, sino para la visibilidad de las mujeres compositoras en el cine español. En un ámbito en el que la presencia femenina ha sido tradicionalmente minoritaria, la candidatura de Maspalomas y su música técnica subraya una realidad en transformación: las compositoras están ocupando espacios de decisión artística y aportando nuevos enfoques al lenguaje sonoro cinematográfico.
Esta nominación se inscribe en un contexto más amplio de reconocimiento de músicas originales que no buscan subrayar con grandilocuencia, sino dialogar con la narrativa desde la sutileza y la estructura interna. La música de Calleja no compite con la imagen; la habita, la cuestiona y la amplía. Es un espacio de escucha que exige atención, que no se entrega al primer contacto, pero que se instala en la memoria del espectador como un componente inseparable del relato cinematográfico.
El hecho de que esta banda sonora esté entre las candidatas al Goya 2026 refleja una apertura hacia propuestas más experimentales, más centradas en los procesos compositivos que en el efectismo, y pone en primer plano la contribución técnica de las mujeres en este arte. La música de Maspalomas no es un acompañamiento: es una arquitectura sonoraque sostiene la película desde su lógica interna, y la nominación es un reconocimiento al rigor con que Calleja ha construido esa arquitectura.
En tiempos en los que la industria avanza hacia la diversidad y la excelencia técnica, la candidatura de Aránzazu Calleja invita a escuchar con atención: la música cinematográfica española está evolucionando, y lo hace con voces como la suya al frente. @mundiario




