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Arco: la fábula animada que desafía al cinismo contemporáneo

No es fácil construir relatos optimistas en un mundo que ha interiorizado la distopía como lenguaje dominante. La pandemia, la crisis climática, la automatización y la deshumanización tecnológica han convertido el pesimismo en una estética dominante en el cine contemporáneo. Frente a ese paisaje cultural, Arco se sitúa deliberadamente en la dirección opuesta: no niega el colapso, no ignora la fragilidad del mundo, pero elige responder a ella desde la esperanza, no desde el miedo.

La película plantea un contraste entre dos futuros posibles. Por un lado, un entorno hipertecnologizado donde los robots sustituyen funciones humanas esenciales, incluida la educación, y donde la sociedad parece avanzar hacia un colapso silencioso. Por otro, un horizonte dominado por la naturaleza, la luz y la belleza, que esconde, sin embargo, una herida profunda relacionada con el agotamiento del planeta. En ese diálogo entre futuros se articula la pregunta central del film: qué queda de lo humano cuando la tecnología lo invade todo y cuando la Tierra ya no puede sostener el ritmo de explotación al que ha sido sometida.

Visualmente, Arco es una obra de una potencia extraordinaria. El uso del color, la composición de los planos y la fluidez de la animación la sitúan lejos de los códigos industriales del CGI contemporáneo y más cerca de una tradición artesanal, poética y expresiva. La influencia del Studio Ghibli y del universo de Miyazaki es evidente, tanto en el tratamiento de la naturaleza como en la sensibilidad emocional del relato. Sin embargo, Bienvenu no se limita a la imitación: su propuesta estética se permite explorar territorios propios, con secuencias oníricas, atmósferas casi pictóricas y un imaginario visual que resulta genuinamente singular dentro del panorama europeo.

Arco. / Productora.
Arco. / Productora.

Donde la película muestra sus límites es en el plano narrativo. El tono deliberadamente infantil y la construcción de los personajes desde arquetipos muy básicos generan una sensación de ingenuidad que, por momentos, reduce la profundidad del discurso. Arco e Iris funcionan más como símbolos que como personajes complejos: representan la curiosidad, la bondad y la capacidad de asombro, pero carecen de capas psicológicas que permitan una identificación más profunda. Esa elección estilística refuerza el carácter de fábula del relato, aunque también lo aleja de la densidad emocional que caracteriza a las grandes obras del cine animado de autor.

Aun así, el mensaje central de la película es claro y coherente: incluso en los contextos más deshumanizados, existen valores que ninguna tecnología puede reproducir —la empatía, el amor, la curiosidad, el deseo de comprender al otro—. Arco no los presenta como virtudes heroicas, sino como gestos cotidianos, casi mínimos, que sostienen la posibilidad de un futuro distinto. En ese sentido, la película adopta una postura casi contracultural: reivindica la bondad como forma de resistencia, la ternura como acto político y la esperanza como elección consciente frente al nihilismo.

Arco. / Productora.
Arco. / Productora.

Lejos del discurso dominante del cine apocalíptico, defiende que la madurez no consiste en endurecerse frente al mundo, sino en conservar la capacidad de asombro, de cuidado y de afecto. Es una idea simple, incluso aparentemente naïf, pero profundamente subversiva en un contexto cultural que ha normalizado el cinismo como signo de inteligencia.

Su presencia en el circuito de premios internacionales —incluidas las nominaciones a los Oscar y los Globos de Oro— confirma que esta sensibilidad también encuentra eco en la industria, aunque siga siendo minoritaria. Arco no es una obra perfecta ni una revolución estética total, pero sí una anomalía valiosa: una película que se atreve a proponer un imaginario alternativo al discurso del colapso permanente.

Quizá no alcance la complejidad emocional ni la profundidad simbólica de los grandes maestros a los que remite, pero sí logra algo cada vez más escaso en el cine contemporáneo: recordar que la esperanza no es ingenuidad, sino una forma consciente de resistencia cultural. Y en tiempos de saturación distópica, eso ya es, por sí mismo, un gesto profundamente político y necesario. @mundiario