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Barbarroja, de Akira Kurosawa: ética, compasión y contradicción humana

Me sonroja confesar que acabo de descubrir esta enorme película, Barbarroja (1965, Akira Kurosawa), que, por su título, siempre me pareció que sería una de esas de guerreros o samuráis que fueron una buena parte de la filmografía más exitosa de este genio japonés. Y, aunque hubiera admirado la belleza de Kagemusha o de Ran, no era esta una película que me apeteciera ver, pues no me basta solo una dirección magistral, un fuerte contenido estético, sino que prefiero, además, ser interpelado por una historia que me resulte interesante y seductora. ¡Y vaya si la tiene Barbarroja! A lo largo de sus tres horas de duración, he asistido a una especie de enciclopedia ilustrada de la condición humana. Toshirô Mifune y Yûzô Kayama, están geniales en sus respectivos papeles de Barbarroja y del joven médico Yasumoto. Si Dostoyevski hubiera dirigido alguna película, habría sido esta, incluso más que El idiota, que el mismo Kurosawa realizó bastantes años antes, pero con algo menos de acierto e intensidad.

Estamos ante un tratado de educación moral. Cada escena es una lección en la que figuran los comportamientos nobles, las encrucijadas complejas, las ineluctables contradicciones, así como los seres absolutamente mezquinos y despreciables. Hay mucho, muchísimo dolor en esta película. Ya no es el planteamiento de mostrar una mayoritaria bajeza humana frente a un final esperanzador −lo que se desarrollaba en Rashomon, donde nadie parecía fiable-; sino que aquí, ese personaje de nombre guerrero, que, en principio, nos es presentado como un ser detestable, acabamos viéndolo como la personificación de lo ético. Porque, poco a poco, la cámara −en ese nítido cinemascope en blanco y negro− nos irá mostrando, en la perfecta composición de los planos, una múltiple y muy compleja verdad. La de ese Barbarroja, ese jefe médico de un hospital que se dedica a asistir a los más pobres del país, a principios del siglo XVIII.

Tras haber estudiado en Nagasaki, el joven Yasumoto, sorprendido, es enviado a ese mísero hospital, cuando esperaba que, tras la selecta educación adquirida, pudiera alcanzar un puesto más importante, y, desde allí, ascender hacia lo más alto. Cree haber caído en un error o en una trampa. Su rebelión es total: se niega a vestir el uniforme. Odia ese lugar en el que se agolpan los enfermos más desgraciados en habitaciones nauseabundas. Barbarroja lo observa sin violencia, desde su sabiduría. Su objetivo es doblegar esa reticencia en aras de la aceptación a una tarea tan dura como hermosa y necesaria. La película nos irá mostrando una sucesión de implícitas lecciones morales recibidas a través de la contemplación del dolor de esos enfermos y de la nobleza ética de ese superior de apariencia, a veces, hosca y cortante, pero que a la vez sabe escuchar como nadie y actuar con la máxima bondad. Un compañero le comenta a Yasumoto que a su jefe le cae bien, y nos da una pista sobre su forma de actuar: “Barbarroja es menos amable con la gente que le cae bien. A mí no me trata así, no me reprocha nada. Me ignora por completo…”. 

Ese recién llegado se rebela con toda su agresividad contra ese ámbito desagradable al que ha sido conducido como por engaño. Pero, paulatinamente, a fuerza de vivir tantas situaciones dramáticas, en forma de conmovedoras historias humanas a las que irá asistiendo desde el asombro, aprenderá la compasión, cambiará radicalmente. Aquel contacto con una hedionda pobreza, a la que le parecía estar condenado injustamente, poco a poco se irá convirtiendo en algo que lo interpelará fuertemente, instalando en él el humanitario deber de socorro, de comprensión. Cada enfermo, cada historia, le abrirá los ojos a una misión ineludible que antes había sido obviada a favor de sus ambiciones egoístas. En aquellos enfermos contemplará las heridas del cuerpo −que según Barbarroja están producidas casi siempre por la pobreza no atendida por el gobierno−, pero también las de la mente, aquellas infligidas por otros seres malévolos que, a su vez, también estarían dañados por una intensa infelicidad. “Siempre hay alguna desgracia detrás de la enfermedad”, dice Barbarroja.

Como diría Andrés Calamaro, la honestidad de Barbarroja es brutal. Es capaz de reconocer ante un rico que no tiene solución para la mayoría de las enfermedades. Y, a lo largo de esta historia, lo veremos a él y a sus ayudantes postrados junto a los moribundos, acompañándolos en ese trance, como único cometido posible: “No hay nada más solemne que los últimos momentos de un hombre”. Es tan honesto que no duda en incurrir en faltas si el objetivo es obtener un bien mayor. Y es que el doctor examina el interior de los corazones de sus pacientes a la vez que sus cuerpos. Así, cuando le lanza una mentira piadosa a la hija de Rukusuke, diciéndole que su padre ha muerto en paz, Yasumoto se rebela silenciosamente, mientras repasa en su mente la imagen que tiene grabada de ese hombre, su aflorado dolor; una imagen que no ha podido soportar, como tampoco luego la primera operación a la que asistirá, cayendo mareado. Yasumoto trae muchos conocimientos nuevos de sus selectos estudios, pero debe reconocer que aún está verde para la profesión.

Barbarroja miente otra vez, cuando dice que el anciano Rukusuke, antes de morir, ha dado dinero para dárselo a su hija. Ha sido él quien se lo ha sacado a un magistrado mediante un chantaje, aprovechando que conoce un secreto que podría perjudicarlo. “Soy horrible. He cometido un acto de cobardía”, confiesa. Pero, a veces, no hay más remedio que no actuar bien para conseguir un beneficio mayor en alguien que lo necesita más. No obstante, Barbarroja le dice a Yasumoto: “Desde ahora, si alguna vez me muestro arrogante, recuérdame lo de hoy”. Y es que su compasión es tan osada que plantea soluciones controvertidas. Hablando de una mujer que ha sufrido mucho, y llevan tiempo intentando que recupere la lucidez mental: “Ahora está más cuerda y por eso ha querido suicidarse, tal vez hubiera sido mejor no salvarla”. Es el amor extremo, el que remonta las convenciones de la acomodaticia conciencia.

El cinemascope nos permite contemplar en una sola mirada un cuadro formado por distintos personajes, cada uno de los cuales expresa −más allá de las palabras− una significativa emoción a través de un gesto, de un ademán. En cada expresión del joven Yasumoto encontramos el significado de unas reacciones que van sedimentando una transformación interior.

Algunas veces, las diversas historias que se insertan −el guion está basado en diversos relatos de un autor japonés y también en una historia de Humillados y ofendidos, de Dostoyevski−, se ilustran con flashbacks, pero otras solo escuchamos al narrador, y vemos las reacciones de sus oyentes. Entre las primeras destaca la de Sahachi, un hombre que está muy enfermo pero que aun así trabaja para ganar dinero y poder socorrer a los pacientes del hospital. En los momentos previos a su muerte, necesita confesarse ante los médicos y ante aquellos a los que ha ayudado y tanto lo aprecian. Cuenta que se enamoró de una joven y, gracias a su insistencia, logró casarse con ella. Pero esta le ocultaba su pasado, no lo llevaba a conocer a su familia. Y es que esa joven había sido prometida desde niña a otro hombre que había ayudado mucho a sus padres. Pasados unos días de convivencia con Sahachi, huyó de su nuevo hogar aprovechando un terremoto. Un par de años después, cuando él ya estaba convencido de que había muerto, la vio portando un bebé. Entonces, ella le cuenta la historia y él asume su dolor y comprende sus actos. Pero esa joven amada no soporta la culpa ni la imposibilidad de conciliar ambas vidas, por lo que decide apuñalarse después de haberle pedido a él que la abrace. Convencido de haber sido el origen de esa tragedia, Sahachi busca redención dedicándose a ayudar a los demás hasta su muerte. En una sola historia, dos casos distintos de ética extrema.

Barbarroja nos muestra la vida a flor de piel: el dolor, la locura, las pequeñas alegrías, los sueños que rara vez se permiten esos seres, la esperanza tan escasa, la maldad y la bondad distribuidas en diversas almas, pero también en las distintas fases de aquellos que empiezan a darse a los demás cuando aprenden que la belleza de la bondad les resulta posible, cuando, mitigadas sus heridas, las acaban de curar con su nuevo espíritu benefactor. Hay una idea muy presente en Kurosawa y es la de que el mundo está lleno de gente mala. Cuando muere Sahachi, tras el reciente deceso de Rukusuke, Barbarroja se lamenta: “No podemos perder a una persona buena”. El doctor se esfuerza en vencer sus prejuicios, en escuchar, en comprender, llegando hasta el fondo de las motivaciones, buscando el punto de inflexión hacia el bien. No obstante, no transige con la recalcitrante maldad. A la malvada alcahueta que tortura y somete a sus pupilas, le dice: “Estás podrida hasta la médula. Huélete ¡Hiedes!”.

La transformación de Yasumoto es radical. Cuando se da cuenta de quién ha sido, exclama: “Soy una mala persona, soy egoísta, y presuntuoso. ¿De qué tengo que quejarme? Rukusuke y Sahachi fueron desgraciados, pero murieron sin una queja. Soy tan afortunado que casi resulta vergonzoso”. Barbarroja lo ha logrado. Cuando lo manda a cuidar a una enferma, perdida de dolor emocional, él ya lo hace porque lo quiere así: “El doctor me dijo que me haría mucho bien cuidarte”. Cuando cae enfermo, Barbarroja le dice a Masae, la chica que se quiere casar con él: “No es grave. Vio demasiado mundo de una sola vez”. Se podría decir que fue un aprendizaje doloroso. Han sido esos tránsitos tan indeseables como necesarios para llegar a la superación. Tanto es así, que Yasumoto tiene la posibilidad de irse, de casarse, de estar en un mejor hospital, pero ahora no quiere.  En realidad, más que médicos, parecen monjes. Ahora se casará, sí, pero continuará en ese paupérrimo lugar. No puede abandonar a los pobres. “Fui arrogante, estaba orgulloso de ser un médico recién llegado de Nagasaki”.

En esta película no se oculta nada, se hurga en los recovecos de las contradicciones, se analiza la posibilidad de una moral que a veces no puede ser perfecta, pues la naturaleza humana y la realidad contradicen los planteamientos éticos que se quieren unívocos. Barbarroja es una película grandiosa sin que sea necesaria ninguna espectacularidad, sino por apoyarse en ese fino bisturí con el que Kurosawa incide en la conflictividad de la existencia para tratar de aclarar la niebla de las difíciles relaciones humanas, lastradas por la lucha individual en aras de la supervivencia, por unas actitudes a menudo tan próximas a los orígenes más brutales.  @mundiario