Cara a cara al desnudo (1976, Ingmar Bergman) fue una de las primeras películas que vi del director sueco. Me impresionó, y no solo por su terrorífico planteamiento, sino por su modo de hacer un cine brutal, con una cámara escudriñadora de los angustiosos rostros en unos primeros planos insuperables, con una actriz portentosa como Liv Ullman, que aquí, tal vez como en ninguna otra película, pudo demostrar sus geniales cualidades, esa forma de expresar el más hiriente dolor sin caer en lo histriónico, ajustándose a un exceso natural, a pesar de lo aparente, nada sobrecargado.
Cada plano de la película tiene un gran significado, es el retrato de las distintas zozobras en las que están inmersos la mayoría de los personajes. El primero nos acerca a una mujer −Jenny, Liv Ullman− que se muestra entre perpleja y desolada, intentando comprender el sentido de sus turbias sensaciones. Luego, cuando el foco se amplía, vemos que está en una casa vaciada, por causa de su próxima venta, en la que el teléfono es un único vestigio de su habitabilidad.
Jenny es psiquiatra. En la siguiente escena la vemos ante una enferma mental a la que reprocha estar fingiendo la extrema demencia que manifiesta. Pero María le contesta: “¡Pobre Jenny!”. Duras palabras que repite y que la doctora recibe como puñales; palabras que la denuncian, la desnudan, la transgreden.
Cuando llega al edificio donde residen sus abuelos, en sus amplias y oscuras zonas comunes, se cruza con una misteriosa anciana que se queda mirándola con una sonrisa que parece acusadora. Se quedará dos meses allí, mientras su marido esté afuera, en América; y su hija en unas colonias y, más tarde, en casa de una amiga. El abuelo está inmerso en una fase de demencia. Jenny es feliz con su abuela, y dice que lo es en cualquier parte. Su abuela calla sus sospechas: esas separaciones… Pero llega la noche, y con ella la soledad penumbrosa de la habitación, y los fantasmas. Esa mujer vieja, otra vez, pero ahora inequívocamente muy seria, muy triste, asustada, rígida, lúgubre, como si fuera un reflejo de algo que Jenny mal esconde dentro de sí misma, una manifestación de una tristeza profunda.
Todo lo que sigue es desalentador. Un compañero en el psiquiátrico habla de que su esposa ha montado una fiesta para presentar a su nuevo amante, un joven actor homosexual. Jenny, tal vez para llenar de alguna forma su vacío, para distraerse de sus fantasmas, acude. Allí lo que hay son personajes extravagantes, inmorales, pero, entre ellos, un hombre, Tomas, que quiere seducirla. Ella juega un rato a eso, accede a ir a su casa, pero allí el encuentro sexual se le revela imposible. Jenny acaba, en una ironía corrosiva, desprestigiando ante él toda esa pantomima de la conquista.
Regresa a casa de sus abuelos. El anciano se ha levantado a medianoche, su abuela lo rescata de su locura. “La vejez es un infierno”, dice ese hombre extraviado en la bruma de sus pensamientos. Jenny los espía, sufriendo, aterrorizada, mientras ve como su abuela, con cariño, lo consuela.
Luego viene esa escena que, en principio, solo pude concebir como una pesadilla, pero que acabé sabiendo que era real. En la casa vacía, Jenny se encuentra a María, la enferma, inconsciente, retorcida en el suelo de una de las habitaciones. Un misterioso hombre le impide llamar al hospital, mientras que un joven pretende violarla, pero no puede: “Es demasiado estrecha”, dice. Es la maldad por todas partes. Un mundo desvariado.
Otra vez con Tomas. Ella duerme en su cama, pero como amiga, como dos seres que deben acompañarse para vencer una soledad terrible. Le cuenta la violación, que hubo un momento en que deseó que se la hicieran. Lo extraño es que no pudo hacerlo. La contradicción, el deseo y el cierre físico, y mental. Él la acompaña en sus llantos, en su exacerbado dolor.
Duerme un día entero. Cuando despierta, sus abuelos le dicen que estarán fuera unos días, por lo que se quedará sola. Hay un primerísimo plano de los ojos de Liv Ullman, unos ojos anegados en la desolación. Hablando con Tomas por teléfono, nuevamente ve a esa anciana mirándola con rostro impertérrito, ceñudo. Va a su habitación y se toma las suficientes pastillas para acabar con esa vida terrible en la que se siente atrapada. Se tumba en la cama, a esperar la muerte, pero abre los ojos en el hospital. Cuando los vuelve a cerrar, en la oscuridad de la lucha que su cuerpo mantiene por la vida, se ve a sí misma y a su abuela, esta vez −desaparecida su dulzura− con un rostro severo, recriminatorio. Y nuevamente reaparece la anciana misteriosa. Más tarde, ya en la luz de la realidad, ve a Tomas a su lado. Está conectada por tubos a la vida que le imponen. Ese hombre, la única ligazón humana en esos días, la ha rescatado a tiempo. Después, llega su marido, pero su visita es breve, mañana se vuelve a los Estados Unidos. “¿Por qué lo hiciste?”, le pregunta a Jenny. “Perdóname”, es la única contestación comprensible que puede darle. Y él: “Yo sé que tengo parte de culpa, pero no sé en qué consiste”. Hay mucha distancia entre ellos y no solo la geográfica que, en esos meses, se está interponiendo.
Se renueva la pesadilla, Ahora son sus padres fallecidos los que se dirigen a ella. Avanzan silentes. La miran, sin reconocerla. “Sin querer nos hacíamos daño, siempre, todos los días, todas las palabras, las minucias”, les dice ella. Y otra vez vuelta a la realidad de todos, que apenas es más amable que sus pesadillas. Tomas le habla de un antiguo amor, de un hombre, aquel actor que ahora es el amante de la frívola vieja que dio la fiesta. Habla del mundo sentimental, como de un cruel mercado en el que la infidelidad es total y la competencia es terrible.
Y una nueva pesadilla. Esta vez se ve a ella misma, en el ataúd, muerta. Pero no, está viva y, pese a sus gritos, la tapan. Nadie reacciona. Y ahora, en la habitación de ese hospital, Jenny le narra a Tomas las desgracias de su infancia. “La muerte siempre estaba presente, me rodeaba. Mi perro murió atropellado, un primo que murió, mis padres fallecieron en un accidente”. Poco a poco se destapan sus traumas, los va a sacando en su voz temblorosa. Su mirada se pierde en un pasado en el que solo hay dolor: “Papá era tan bueno. El problema es que era alcohólico”. La abuela, como su madre, estaba en su contra, querían separarla de él. Esa abuela de voz escalofriante, que tenía una cara, cuando la miraba, por la que sabía que era ella y, sin embargo, no lo era. Estaba transformada, la miraba como un perro enfadado, listo para morder. Entonces, su madre lloraba.
Jenny, entre convulsiones, vomita su dolor. Tomas la observa. “No puedo hablar de esto”, dice, cuando para un momento, exhausta de sufrimiento. Es el trauma con la abuela. Ahora ya sabemos quién se le aparece. Es esa mujer severa, que no la quería, que la angustiaba con su odio. Que no le permitía las lágrimas. Y esa última sumisión del esclavo a fuerza de impotencia. “¿Por qué tendré siempre remordimiento?”. Tomas la mira, la escucha, con dolor, con oscuro asombro. La deja desahogarse, en ese probable proceso de curación. Jenny recuerda uno de los momentos más hirientes, un encierro en la oscuridad que tanto temía. Habla fuera de sí, golpea las paredes. Alaridos y voz, que expresan un recuerdo infernal, un lenguaje que busca el límite de lo expresable.
“¿Crees que quedaré alterada emocionalmente de por vida? ¿Crees que hay un millón de personas como yo, que deambulan asustadas gritándose entre sí, sin siquiera comprenderse?”. “No lo sé”, le responde él.
La enfermera le anuncia la llegada de la hija. Mientras se arregla, ilusionada, para recibirla, Tomas le comunica que se va a Jamaica, tal vez para siempre. “¿Qué harás allí?”, le pregunta Jenny, disimulando el duro golpe. “He leído que allí se puede vivir amoralmente”. Es la desesperación, la renuncia a la dignidad, a encontrar un paliativo sentido de la vida.
Cuando Jenny le cuenta a su hija que está en el hospital por un intento de suicidio, esta reacciona muy mal. Solo la mira a los ojos para preguntarle: “Mamá, ¿lo volverás a hacer?” Quiere una respuesta negativa segura, pero Jenny, sincera, no se la puede dar. “Lo que pasa es que no me quieres”. No puede entender de otro modo que no le importe irse de esta vida y dejarla abandonada. Pero le espeta: “No te preocupes, puedo cuidarme sola”. Es terrible. Jenny se queda sola, tal vez merecidamente sola, necesitada de volver a empezar. Su único punto de agarre son sus abuelos. Cuando llega a su casa, su abuela le anuncia el empeoramiento de él: “Hemos esperado este momento durante años, y, sin embargo, es raro cuando finalmente llega”.
Y, entonces, después de tanto egoísmo, de tanto terror, de tanta descreencia y frivolidad como ha contemplado, Jenny absorbe una escena que la redime: “Me quedé en la puerta un rato, viendo la conexión de esa vieja pareja. Vi sus lentos movimientos hacia el misterioso momento en que deberán separarse sus vidas. Vi su dignidad, su humildad. De pronto me di cuenta de cómo el amor lo rodea todo incluso la muerte”.
A Jenny la vemos por fin sonriente, sin fingimientos, sin ocultación de lo que ya ha logrado hacer escapar. Se siente gratificada por la contemplación de esa balsámica verdad, de esa certeza que ahora le parece incontestable. Se ha quedado sola. Sola con esa dulce abuela y ese abuelo casi agonizante. No está su marido, ni su reciente amigo, que aspiró a ser su amante, pero pronto se dio cuenta del naufragio de aquella mujer, al que no podía añadir el suyo propio. No está su hija que le ha reprochado no quererla. Ahora no los necesita. Llama al hospital para decir que se va a reincorporar a su puesto. Allí tal vez pueda ejercer el amor que la salve. @mundiario




