Las películas del iraní Jafar Panahi están hechas con los más mínimos medios y rodadas en la clandestinidad. Su carácter sobrio se condensa en un impulso creativo sereno. Con gran sensibilidad, y tanto espíritu crítico como paciencia, hurga en el mundo oprimido de su país, retrata la pobreza, el moralismo criminal, las restricciones del gobierno teocrático; y lo hace desde unas historias que tienen mucho de documental, un poco al modo del neorrealismo italiano, o del cine de Rossellini, y que a veces son fruto de una improvisación encerrada en un guion básico (Taxi Teherán), y otras son la deliberada historia (El círculo) que nos acerca a unas mujeres que seguiremos por las calles, por los hospitales, las estaciones de autobús, por ese periplo de angustia de quienes están limitadas por la coerción de un estado demencial.
Y es que El círculo (2000) nos introduce, desde el primer momento, en la posición de una mujer atemorizada por el estado opresor y por la cultura de su país. Es la madre de una parturienta. Se asoma por la pequeña ventanilla de la puerta del paritorio, y quiere saber el sexo del bebé. Ha sido una niña, le dicen. No puede ni quiere creérselo En la ecografía se veía un niño. Pero lo grave es que la familia política de su hija quiere un varón y que, cuando sepan que no lo es, pedirán el divorcio. Las mujeres apenas tienen algún valor en Irán. Cobran mucho menos por los mismos trabajos, han de someterse a las leyes del marido, del Corán y de la policía moral. (En otra de las escenas de la película, veremos como una mujer soltera, con tremendo dolor, intenta abandonar a su hija, rezando para que sea bien acogida por alguien en mejor posición y así deje de estar estigmatizada).
Esa cámara al hombro -que recuerda a la del movimiento Dogma 95 danés, aunque ahora ya no tiemble la imagen y no se granule con la poca luz-, sigue a esa abuela contrariada por el nacimiento de una niña. Pero, al llegar a la calle, se produce el primer relevo importante de los que se darán en la película para ir centrándose sucesivamente en varias mujeres, hasta regresar a la primera: de ahí, el título. De pronto, estamos ante tres mujeres, de las que luego sabremos que han salido con permiso temporal de la cárcel y que tienen previsto huir. No sabremos el motivo de su condena, pero, por lo que podremos deducir más tarde, ha de ser alguna infracción moral. De hecho, en esa libertad provisional no están a salvo. Ahí están los hombres que las pretenden acosar, los policías que ven como sospechosa a cualquier mujer sin, lo que ellos consideran, un decente acompañamiento. Vivir en su propio país es sentir la continua exposición a una amenaza, no tener derecho a casi nada. No pueden fumar ni dormir en un hotel, ni comprar un perfume. Han de vivir ocultándose porque sienten que el régimen criminal las acecha. Tienen pases de salida, pero aun así han detenido a una de las tres. Las otras dos, temen que, caprichosamente, les ocurra lo mismo. No hay seguridad para ellas. Se ponen sobre su hiyab el chador, que les habrá de servir de protección, de anonimato, de aparente complacencia en la prescrita sumisión. Apenas tienen dinero, se mueven con discreción, pero con prisa. Han de resolver su libertad. Ese recorrido nos muestra el bullicio comercial de una ciudad iraní que no es identificada. Vemos a la policía moral llevarse publicaciones de los quioscos. Una de las dos mujeres le enseña a la otra una reproducción de un cuadro de van Gogh, que ella identifica como la población a la que quieren escaparse: “Si pidiéramos ir… sería el final de nuestros problemas”.
En 2010, Panahi pisó la cárcel y se le prohibió hacer películas durante 20 años. Después de El círculo, las cinco siguientes fueron rodadas con incluso una mayor precariedad de medios. La primera tenía un título irónico: Esto no es una película, y su único escenario fue el de su propia casa. A partir de ahí se intensifica el argumento itinerante, el guion improvisado, el tono documental. El metacine, el director como protagonista, haciendo de sí mismo, de un director que es un hombre paciente, o que está en pleno trabajo, como en Los osos no existen (2022), rodando una película a distancia, con los actores y los cámaras al otro lado de la frontera, en Turquía, y él escondido en una vivienda alquilada, con una precaria conexión a internet que lo enlaza con el rodaje. Allí, está rodeado de lugareños con los que, a consecuencia de su inconcebible y arcaica cultura, estallará un conflicto.
Panahi se las arregla para crear guiones en los que, como protagonista, se ve obligado a recorrer ese país del que no le dejan salir, en busca de islas de libertad ganadas a la vigilancia. Es el desarrollo de un trayecto hecho en coche, una road movie muy peculiar, un método que le enseñara su maestro Kiarostami. Esa forma de narrar a pie de calle, de retratar a los ciudadanos de su país, de palpar cada centímetro, cada segundo de una realidad compleja, a menudo asfixiante, sin caer en un naturalismo insignificante.
Es lo que vemos en Tres caras (2018). El viaje a los límites del país, a una zona en la que se habla el turco. Un país dentro del propio país, un lugar resguardado de las supuestas modernidades que se practican en Teherán, en realidad, el epicentro de un estado opresivo. Y aquí también tienen su protagonismo las tierras áridas, las casas precariamente construidas, las casi impracticables carreteras. Allí, los lugareños suelen mostrar una amabilidad limitada por las imposiciones sociales, y que la película denuncia como mayoritariamente condicional, interesada e hipócrita. Son hombres y mujeres constituidos por una heredada filosofía que quiere ser espiritual, pero que en realidad es simplemente coercitiva y supersticiosa. Y, por otro lado, esa válvula de escape de las humildes pero alegres celebraciones, las bodas, y esa asunción de la pobreza. Pero también la miseria humillante, la que indigna, las restricciones, el desabastecimiento. Y la cercanía con la locura, la sociedad que no deja estudiar a las hijas. Porque Panahi, en su denuncia, pone el foco tanto en las autoridades, como en la propia sociedad, en sus perniciosas costumbres.
A estas películas tal vez únicamente les falte un prólogo, aquel que pudiera facilitarnos la información sobre el país concerniente a las situaciones que vamos a contemplar, de las que, en alguna ocasión, podamos carecer de datos para captar su pleno significado. Sin embargo, por otra parte, estas obras rezuman autenticidad, son ricas en sencillísimos malabarismos creativos, capaces de vencer a la teórica desventaja de su despojamiento y a la severa constricción de la libertad para hacerlas. Toda una lección para tantos directores bien nutridos de medios, pero sin ideas.
Su última película, Un simple accidente (2025), ganadora de la Palma de Oro, y candidata al Óscar como Mejor Película Internacional, para mi gusto, pierde un poco de autenticidad, se aleja de ese matiz de improvisación en el que discurren otras de sus obras. El tema se parece mucho al de La muerte y la doncella, la estremecedora película de Polanski. Aquí también un hombre torturado por el régimen reconoce −pese a que nunca lo pudo ver y mantenga alguna pequeña duda− a su torturador. A partir de ahí, junto con otras víctimas, se produce un debate entre quienes consideran que no deben vengarse, pues no harían bien en ponerse a la altura de sus torturadores ni del régimen que los alienta; y aquellos que se decantan por tomarse la justicia por su mano, contra ese hombre que aparenta ser un buen padre de familia, digno de compasión porque lleva una pierna ortopédica. Lo que no pueden hacer es denunciarlo ante el estado que lo protege. Esta es, tal vez, la película con la que Panahi denuncia más directamente al gobierno totalitario de su país.
No sabemos muy bien cómo serían las películas de Panahi si gozara de libertad y de recursos. Su colega, gran director y compatriota, Farhadi (Nader y Simin, una separación, y otras obras muy logradas) hizo su película más floja en España. (A veces pienso si el exotismo es un escenario que eleva el interés). En cualquier caso, a Panahi, cuando acudió a recoger la Palma de Oro, se le permitió volver a Teherán. Ahora esperemos que algún día puedan esas películas clandestinas ser vistas por sus compatriotas y que siga rodándolas allí, abriéndonos una ventana a ese país hoy, por muchos motivos, lamentable, pero en el que muchos hombres y mujeres disidentes han demostrado un enorme coraje. @mundiario




