fbpx

El día de mañana: ¿Visionaria o simple espectáculo de palomitas?

Cuando se estrenó ‘El día de mañana’ en 2004, el director Roland Emmerich ya era el rey indiscutible de la destrucción cinematográfica tras Independence Day. Sin embargo, esta cinta cambió los alienígenas por un enemigo mucho más real y aterrador: el colapso del sistema climático terrestre. Vista desde este 2026, la película se mantiene como una obra fascinante que logra equilibrar el espectáculo visual más apabullante con una advertencia medioambiental que, aunque científicamente exagerada, resultó ser profética en su urgencia narrativa.

Diseño sin título (17)
El día de mañana / RRSS.

La película brilla especialmente en su primera mitad. La construcción de la tensión, desde el desprendimiento de la plataforma de hielo en la Antártida hasta la mítica secuencia de los tornados arrasando Los Ángeles, es una lección de ritmo cinematográfico. Emmerich utiliza los efectos visuales no solo para impactar, sino para crear una sensación de impotencia absoluta ante una naturaleza desatada. La imagen de la Estatua de la Libertad sepultada por la nieve o los cargueros navegando por las calles inundadas de Nueva York se han convertido en iconos imborrables de la cultura popular.

Entre el rigor científico y el melodrama de Hollywood

A pesar de su indudable potencia visual, la crítica siempre ha señalado su punto más débil: la «ciencia rápida». El hecho de que el clima mundial cambie drásticamente en cuestión de días es, desde un punto de vista meteorológico, físicamente imposible. No obstante, si aceptamos las licencias narrativas propias del género de catástrofes, encontramos un guion que funciona con precisión gracias a las interpretaciones de Dennis Quaid y un jovencísimo Jake Gyllenhaal. La trama del rescate de un padre a su hijo aporta el corazón necesario para que el espectador conecte con la historia humana.

En conclusión, ‘El día de mañana’ es una película excelente dentro de su categoría porque no se avergüenza de su naturaleza de blockbuster. No pretende ser un documental científico, sino una experiencia inmersiva que utiliza el miedo al desastre para entretener y, de paso, generar una conciencia global sobre el planeta. Veintidós años después, sus efectos especiales han envejecido con una dignidad sorprendente, superando incluso a muchas producciones actuales de mayor presupuesto. Sigue siendo, a día de hoy, la cinta definitiva sobre la ansiedad climática.