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Netflix, Warner y Paramount: la pugna que puede cambiar para siempre Hollywood

Hollywood asiste a uno de esos momentos bisagra que marcan época. La posible venta de Warner Bros. Discovery ha desencadenado una confrontación sin precedentes entre dos modelos de negocio y dos visiones del poder cultural: la de Netflix, símbolo del dominio algorítmico y global del streaming, y la de Paramount-Skydance, heredera del viejo sistema de estudios pero con ambiciones tecnológicas y políticas de nuevo cuño.

La ofensiva de Netflix se fraguó lejos de los focos, pero con una estrategia clara. Ted Sarandos, consejero delegado de la plataforma, llevaba meses deslizando que la compañía había superado la fase de crecimiento defensivo y estaba preparada para jugar a lo grande. Con 300 millones de suscriptores, producción propia consolidada y nuevos negocios vinculados al entretenimiento experiencial, Netflix considera que ha llegado el momento de controlar no solo la distribución, sino también el legado histórico del cine estadounidense.

El interés por Warner Bros. no es casual. El catálogo del estudio —con franquicias como DC, sagas icónicas y el prestigio creativo de HBO— supondría un salto cualitativo y cuantitativo: reforzar su posición frente a Disney, ampliar su músculo creativo y asegurar contenidos explotables durante décadas. El acuerdo aprobado inicialmente por el consejo de Warner, valorado en unos 83.000 millones de dólares incluyendo deuda, excluye el negocio de la televisión por cable y se centra en los activos considerados estratégicos para el futuro digital.

Pero la aparente victoria de Netflix duró poco. Paramount-Skydance, recién reforzada tras la compra de Paramount por parte de David Ellison, irrumpió con una oferta hostil que eleva la apuesta hasta más de 108.000 millones de dólares. La maniobra no solo busca superar la propuesta económica, sino cuestionar la legitimidad del proceso y forzar la intervención de los reguladores de competencia. La batalla pasó así del terreno corporativo al político.

David Ellison, hijo del fundador de Oracle, no oculta su ambición de construir un conglomerado total del entretenimiento. Tras hacerse con Paramount y su red de canales y estudios, Warner sería la pieza definitiva para disputar a Netflix la hegemonía mundial del sector. Su propuesta cuenta con el respaldo de capitales de Oriente Próximo y de fondos vinculados a figuras cercanas a la Casa Blanca, un factor que añade complejidad geopolítica a la operación.

En este contexto, el papel de David Zaslav, consejero delegado de Warner Bros. Discovery, resulta clave. Tras una fusión fallida y años de recortes, Zaslav busca una salida que garantice viabilidad financiera, rapidez de ejecución y menor riesgo regulatorio. Ese equilibrio fue, precisamente, lo que inclinó inicialmente la balanza hacia Netflix: una oferta cerrada, con cláusulas de penalización claras y menor exposición a escrutinios por inversión extranjera.

Sin embargo, la contraoferta de Paramount reabre todas las incógnitas. Warner tiene ahora que decidir entre un acuerdo más conservador, pero rápido y aparentemente seguro, o una propuesta económicamente superior, aunque cargada de interrogantes legales y políticos. Netflix, por su parte, se reserva el derecho a igualar la oferta rival, lo que augura una escalada aún mayor.

Mientras tanto, la industria observa con inquietud. Guionistas, productores y exhibidores temen que cualquiera de las dos operaciones suponga una mayor concentración de poder, nuevos despidos y una presión aún mayor sobre un sector ya tensionado por la lógica del streaming. La promesa de mantener estrenos en salas y preservar empleos suena, para muchos, a compromiso frágil en un negocio cada vez más dominado por la eficiencia y los datos.

Más allá de cifras y siglas, lo que está en juego es el modelo de Hollywood del siglo XXI. Si Netflix se impone, el cine quedará definitivamente integrado en una lógica de plataforma global. Si vence Paramount-Ellison, emergerá un conglomerado híbrido, con viejos estudios, nuevos capitales y una influencia política nada desdeñable. En ambos casos, el desenlace marcará el final de una era y el inicio de otra en la que el poder cultural se decide tanto en los despachos como en los algoritmos.

La guerra por Warner no ha hecho más que empezar. Y su resultado, como en las grandes películas, promete cambiar para siempre el final de la historia. @mundiario