Sydney Sweeney se mueve con más soltura cuando apaga los focos que cuando los micrófonos se multiplican a su alrededor. En los encuentros informales se muestra cercana y espontánea; en las entrevistas multitudinarias, en cambio, mide cada palabra con cautela. No es casualidad. En los últimos años, cualquier gesto o frase de la actriz de Euphoria ha sido diseccionado hasta convertirse en titular, meme o controversia viral.
A sus 28 años, la intérprete nacida en Spokane (Washington) atraviesa una etapa de hiperactividad profesional. En pocos meses ha encadenado proyectos muy distintos entre sí: ha trabajado con Ron Howard en Edén, ha compartido pantalla con Julianne Moore en Echo Valley y se ha puesto en la piel de la boxeadora Christy Martin en el biopic Christy, un proyecto exigente que la obligó a someter su cuerpo a una transformación radical. A ello se suma el inminente estreno de La asistenta, adaptación del superventas de Frieda McFadden que llegará a los cines españoles a comienzos de año, y el esperado regreso de Euphoria, cuya tercera temporada volverá a colocarla bajo el foco global.
La preparación de Christy ha sido, según reconoce, una de las experiencias más intensas de su carrera. Recuperar el contacto con los deportes de combate —practicó kickboxing y grappling durante su adolescencia— le permitió conectar con una parte de su identidad que había quedado en segundo plano. Durante meses, su rutina se redujo a entrenar, comer para ganar masa muscular y estudiar cada detalle de la vida de la boxeadora a la que interpreta.
Sin embargo, el ruido externo no ha desaparecido. Desde campañas publicitarias convertidas en campo de batalla ideológico hasta su supuesta adscripción política o sus relaciones sentimentales, Sweeney se ha visto atrapada en debates que poco tienen que ver con su trabajo como actriz. Algunas de sus declaraciones, especialmente aquellas en las que cuestionaba la sororidad real dentro de la industria, generaron fuertes reacciones. Hoy matiza su posición sin renunciar al fondo del mensaje:

Ese discurso, interpretado por algunos como una crítica al discurso dominante en Hollywood, la ha situado en una posición incómoda dentro de una industria muy sensibilizada con la corrección política. El elogio público recibido por parte de Donald Trump o su vinculación con figuras polémicas del mundo del entretenimiento no han hecho sino intensificar la vigilancia sobre cada uno de sus movimientos.

Pese a todo, Sweeney continúa avanzando. Produce sus propios proyectos, no descarta dar el salto a la dirección y asume un ritmo de trabajo que muchos considerarían insostenible. Dos veces nominada al Emmy, asume los premios como un estímulo, no como una meta definitiva.
Con varios títulos ya en el horizonte y rumores que la sitúan en grandes producciones futuras, Sydney Sweeney parece decidida a seguir construyendo su carrera a su manera. Entre la presión externa y la ambición creativa, mantiene una convicción clara: no detenerse. @mundiario




